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Hilo: «Producción cultural y operaciones de poder»

Es interesante tomar el texto de Daniel como provocación para el debate, pero ni la nómina de palabras sugeridas ni las citas de dos autores tan dispares como Weber y Foucault me sugieren otra cosa que confusión. Incluso una alusión tan esquiva como la mención a Paolo Virno o a Antonio Gramsci, puede hacernos derivar hacia una mera enunciación de signos vacíos.
-¿Es suficiente con citar palabras-concepto como comunismo, producción, poder, procomún y otras, para revivirlas en su significado original?
- Cuando citamos esas palabras, ¿ es seguro que traen al presente una ritualidad apropiada para ser entendidas según la significación con la que se dotaron en el pasado?
-Parece cierto que, tales palabras-concepto han sido ritualizadas, incluidas en procedimientos enunciativos cuya fuerza perlocucionaria asienta en un pasado con historia, y según el sesgo connotacional que se les dé en el presente, servirán para construir acciones en el futuro.
- Nuestra oportunidad y compromiso al invocarlas, radica en los modos de utilización: sometimiento o antagonismo,  legitimación o conflicto, figuras de autoridad o estructuras de incertidumbre, reproducción ritualizada o resignificación comprometida.
En primer lugar habría que distinguir los conceptos de poder -bien distintos- empleados por Weber y por Foucault. Mientras Weber identifica el poder con sus representaciones -fundamentalmente de clase y específicamente ligados a la noción hegeliana de Estado- salpimentado con nociones de sociología; Foucault analiza el funcionamiento del poder en las sociedades ilustradas rastreando su modos operacionales y sus opciones disciplinarias, sin abandonar el dominio de clase y descendiendo a la contingencia de las prácticas. Identifica instituciones cruciales como la judicatura o la medicina en el momento en que despliegan sus operaciones -más allá del dominio de clase-, permeando otras como la familia, los medios de producción o el Estado, responsables operacionales ya conocidos por sus implicaciones en el disciplinamiento de los individuos.
Mientras que para Weber el universalismo y la centralidad de la representación del poder, son determinantes en una sociedad jerarquizada y productiva; para Foucault la diseminación del poder, tiene lugar precisamente en los márgenes de las instituciones, en intersecciones de los saberes y en la confluencia de las prácticas cotidianas de los individuos. La prisión moderna surge precisamente en la intersección de dos saberes fundamentales, desplegando su funcionalidad en el espacio de las ideologías y en el centro de la sociedad visualizada.
En esa genealogía foucaultiana, los saberes adquieren la máxima centralidad, más omnipresente si cabe, en la medida en que los bienes simbólicos han sido insertados en el mecanismo de circulación de la mercancía, convertida esta en el vehículo transportador de plusvalor. La cultura, ese mito formado por un conglomerado de bienes simbólicos, es en la sociedad postfordista el paradigma de la industria. Su despliegue mediático, ocupa el espacio que en la sociedad Moderna ocupara la manufactura, heredando casi todos los atributos de ésta.
Como reflejo de las prácticas de poder hegemónicas, determinados paradigmas culturales tenían un rol incuestionable dentro del régimen disciplinario modernoburgués, contribuyendo específicamente a la producción de ideología y a la cimentación del sistema de valores que regía la sociedad. Sin embargo, mientras que en la sociedad industrial, la producción de bienes simbólicos ocupaba un lugar reservado a determinados grupos sociales interesados, en los últimos decenios se observa un desplazamiento, tanto en lo que respecta al rol de los productores culturales como al impacto y prevalencia adquirido por la generación y circulación de capital cultural. Con ello, la posición de los saberes, reservada a la superestructura, se ha visto ampliamente desplazada y permeada de la vulnerabilidad contingente propia de la mercancía.
Identificados con el estatus de la mercancía, los bienes simbólicos se han diversificado, son distribuidos globalmente, carecen de especificidad local, han perdido el aura de la originalidad, son producidos por una cada ves más amplia red de intelectuales proletarizados y finalmente son consumidos masivamente como cualquier otra mercancía. No podemos extrañarnos, por tanto, de que sean las instituciones de la cultura las más solicitadas políticamente, como instrumentos generadores de artefactos portadores de plusvalor. En último extremo, nada ni nadie está fuera del campo de operaciones del poder, y en ese sentido poco nos aporta el universo analítico webbiano, dotada de nociones coherentes con una sociedad de estructura piramidad en fase de desaparición. Aquel interés por identificar los «palacios de invierno» y sus mododalidades funcionales  -piramidal, horizontal, etc- aparece ahora inoperante para identificar la  responsabilidad del individuo en la diseminación y reproducción del biopoder que organiza nuestras actividades cotidianas.
En sentido lato, gracias al análisis foucaultiano de la genealogía del poder, se ha desplegado el nuevo paradigma de la crítica en las sociedades occidentales, en el que participan desde el psicoanálisis lacaniano, hasta la crítica del arte, pasando por el ataque del feminismo al poder patrilineal o los análisis del lenguaje como campo predilecto de las operaciones del poder. No obstante, al aludir a toda esta epistemología, no estamos haciendo otra cosa que reconocer la insuficiencia de una dialéctica y una práctica antagonista, en comparación con la fecundidad de la teoría que nos asiste en el análisis del poder.
Sería interesante reflexionar acerca de nuestra propia posición ante la reproducción de regímenes de poder, observar de qué modo estamos inmersos en tramas en las que somos impulsados a colaborar en la renovación y reproducción incesante de los regímenes de poder presentes, y en la construcción de bases sobre las que asentarán regímenes futuros. No somos inocentes, y nuestras prácticas forman parte de una maquinaria ineludible, mediante la que somos constituidos como sujetos políticos, sujetos de poder. Históricamente según Althusser, entramos a formar parte de la existencia mediante la interpelación -un acto de poder realizado mediante el lenguaje-, también Hegel y Freud postulan ese acto de poder imprescindible en la constitución del sujeto -la llamada del Otro-, pero según Butler, los términos -contingentes- mediante los cuales se regula, se asigna y se niega el reconocimiento, forman parte de un ritual amplio de interpelación, el cual está abierto a la contingencia del momento y a la incertidumbre de la respuesta del interpelado. Esa capacidad de agencia, es nuestra posibilidad.
of... mis disculpas porque el texto lo había metido como respuesta/debate al de G. Andújar y parece que se prefiere como "nuevo tema".
J. Vidal    7/XII/08